Segundo Premio en el Concurso Cuentos Sobre Ruedas de Ferrominera del Orinoco.

Rara vez se le encontraba bajo el muelle de Palua, achicando agua de escamas con una lata vieja desde su curiara con nombre. Era un ribereño distinto, si es que pueden serlo aquellos que van al río entre turnos de trabajo, obviando las restricciones de los hombres en uniforme que vigilaban las entradas de agua. El venía de familias de a pie descalzo, criado entre matas de sábila y coporos amarillos. Nieto de Rafaela. Familia de Fajardo.

Fajardo es una isla emplazada en medio del barullo de la gran ciudad que se abraza al Orinoco. Tiene lagunas con caribes y sembradíos de quinchoncho y patilla en el verano. El viento sopla sin hallar escollos por entre los pequeños chiqueros que construyen los campesinos de estación.  Los cobertizos se arman en un par de días, con cañas y hojas de palma, algún pedazo de zinc y muchos perros famélicos que ladran más de lo que cazan.

El provenía de allí.  Mejor dicho: su mejor costado aún llevaba las huellas de las noches polvorientas de estrellas, acunado por el vaivén de la hamaca y el lejano rumor de la Planta Industrial.  Los gemidos de su mujer amante, aquella que lo seguía por doquier en silencio y se cuidaba de no interferir en sus largas observaciones del gigantesco mar dulce, se perdían entre la brisa sempiterna y los bramidos de un sapo nocturno que siempre dejaba sus curiosos excrementos  sobre la tierra pisada en la entrada a la choza.

Aquel día era distinto. Un gigantesco barco proveniente del Panamá llenaba sus arcas de provisiones ferrosas, mientras los marineros fumaban cigarrillos y echaban chistes desde la popa, confiados en ver la puesta de sol sobre los dos ríos, Orinoco y Caroní, que mezclan en discreta cópula sus dulzuras y acideces, sus arcillas disueltas y sus negros misterios.

Por debajo del enorme buque remaba nuestro hombre como si no le interesara, como si los gritos de los marineros no fuesen con él… a fin de cuentas, era su capacidad de pasar desapercibido lo que mejores pescas de  payaras y bagres le había prodigado.

Finalmente subió la mirada. Querían comprar un espécimen para cambiar el aburrido menú del trasatlántico cocinero. Ramón elevó al animal por la cola y se lo mostró a los extranjeros.

¿Cuánto?, preguntaron sin demora. Lo que venga, contestó el remero. Así que le bajaron un tobo por una cuerda con polea, lleno de ron de Trinidad, jugos de la Florida y tabacos cubanos. Y le regalaron el tobo.

El hombre decidió persignarse mientras colocaba el pescado doblado en el recipiente para que lo subieran. Con silbidos izaron la mercancía.  Y con carcajadas cuando le vieron los protuberantes colmillos al que en Brasil llaman el pez cachorro y que en Venezuela recibe el nombre de payara.

Así que Ramón decidió volver a la isla en sosegado remo. Pensando en lo contenta que estaría su mujer, al menos por el jugo de sabor extranjero. Estaría cerca de la casa, alimentando a las gallinas. O quizás recogiendo las vainas del quinchoncho con dulce parsimonia.

En la ruta por entre las olas del padre río,  sintió el estremecimiento de su endeble embarcación. Sabía de lo que se trataba, por lo que reconoció en su corazón el batir suave del ritmo de la comunión.

Dejó de remar.

Muy cerca escuchó el primer soplido. Luego dos, quizás tres. Finalmente pudo ver la  familia completa de toninas. El pequeño saltaba hacia el curiarero. Su madre lo retenía, obligándolo a sumergirse con frecuencia para evitar el contacto humano. Sin embargo, el instinto de hembra madura le decía que estaban a salvo. Ramón transformaba en silbidos su canto plañidero para atraer  a   los  tímidos  mamíferos del río y ella conocía su llamado, sabía de su atención devota, de su comunicación misteriosa.  Sabía de su silencio, distinto al de otros pescadores que le lanzaban piedras o procuraban arponearla en las pescas rebalseras de palometas.

Para nada. Porque pescador que precie su vida no mata toninas. Es lo que decía el abuelo.  Nunca vayas a agarrar una tonina, hijo. Esas  son  criaturas del más allá,  criaturas del buen amor.  El que come su carne, cae en desgracia.

Ramón solía acompañar a su abuelo en las pescas con atarrayas. Daba gusto verlo girar la  cintura bruñida, mientras lanzaba al aire el faldellín de la red,  manteniendo prendido el toco del tabaco en la comisura.  También enseñó al nieto a colocar palambres  y chinchorros en la corriente suave de los meandros,  a fin de recogerlos al día siguiente habitado de morocotos, bagres tigres, valentones, sardinatas y picuas, guitarrillas y corronchos.  Los perros se volvían locos. El amo los aquietaba con las tripas que ingeniosamente extraía con un cuchillo romo. Las gaviotas venidas del lejano mar, las tímidas garzas  y los cari-cari, se peleaban los restos del oloroso festín.

El hombre cierra  los ojos para sentir de nuevo el recuerdo de la fantástica algarabía.

Hoy le toca ordenar los cabos gruesos sobre el muelle.  Debe barrer los vestigios de la cinta transportadora que escupe piedras rojizas sobre los vientres de los buques.  El sol parece exigir la mutilación de su cabeza,  en este mediodía  sin paréntesis,  sin voces  ni compañeros.

Cuando el jefe le habló esta mañana, le dijo que había reestructuración de personal. No lo despidió. Le pidió que redoblara el esfuerzo. Que se mostrara útil y eficiente.  Tú sabes, Ramón Mora, cuánto se te aprecia en esta empresa.

El buen obrero se sienta por un instante sobre la cornamusa gigantesca. Su mirada divaga hacia el negro río y se pierde entre las menudas olas.  Siente que pertenece a dos dimensiones a la vez. Quizás sean tres.  Ahora observa el rosario ennegrecido por el sudor de su pecho. Una onda tranquilizadora le recorre el frente y lo transporta hacia nuevas memorias.

Porque en Fajardo no había capilla. Así que iban a la iglesia del otro lado del río, en los Barrancos. No siempre. En semana santa, cuando vestían al Nazareno y la gente ponía  cara triste y guardaba cruces de palmas detrás de la puerta. Los abuelos y mamá se llevaban a los más grandes,  mientras los tripones quedaban en la isla con  Elsa, la hermana mayor.

Entonces el niño Ramón se arrodillaba cabizbajo, sin atreverse a observar al Jesus sangrante clavado en la cruz.  Cuando la gente llevaba un rato musitando oraciones y canciones y el olor a viejas rosas y azucenas se hacía nauseabundo,  él se decidía finalmente a subir la mirada, poquito a poco, como pidiendo perdón palmo a palmo por el cuento aquél del pecado original.

No entendía por qué le daban ganas de llorar. Trataba de retener las cálidas lágrimas desde el nudo de su garganta. En vano. Volvía a bajar la cabeza y dejaba que el llanto corriera por su rostro y cayera imperceptible sobre el piso de cemento pulido. Hasta que finalmente su madre le daba una palmadita para que se pusiera de pie, cabizbajo aún, y caminara en dirección de la pira bautismal, donde siempre le mojaba la frente con agua bendita.

Al salir de misa, la familia visitaba a unos primos, quienes tenían un mono impúdico que se columpiaba en un viejo caucho colgado de una Ceiba.  Los primos tenían una gran habilidad para construir papagayos con verada y papel de bolsa, hacer apuestas con chapas y bajar periquitos a punta de chinas.  Las tías hacían un dulce de coco excepcional que los chamos vendían después,  cerca del embarcadero de la chalana.

Fue con esos primos que Ramón escuchó por primera vez los cuentos de toninas. Decían que las  hembras tenían senos parecidos  a los de las mujeres, que echaban leche dulce y que se prestaban para las relaciones con varones.

Ramón sentía un fragor apoderarse de su cuerpo.  No recordaba que el abuelo le hubiese hablado sobre ello, pero le repugnaba la idea de que un grupo de adolescentes desahogara la  voracidad de su concupiscencia con sus retraídas sirenas de río. Mantuvo silencio en el barullo de la fanfarronería juvenil. Y tomó la decisión de guardar para sí el secreto de su febril devoción animal.

El agua permanecía quieta. A veces pasaba así: la familia se alejaba por un momento, como para disimular su interés. Pero al rato aparecían las aletas grises, un poco más allá, cerca de la boya basculante. Quería echarse al agua, pero sabía que ellos preferían verlo desde la sombra confiable del estrecho navío. De repente un soplido, muy cercano. Y una ola gigantesca que trambucó la curiara en segundos, dejando a un Ramón estupefacto,  con la embarcación de sombrero y el canalete flotando en la cercanía.

Irrumpió en carcajadas, a pesar de que sabía que  su medio de transporte corría peligro. Al momento sintió el agitar violento de agua bajo sus pies. La hembra de rosado vientre le pasó por debajo para después alzarse en un salto magnífico y caer con salpicado estruendo a metros del hombre anonadado.

Logró voltear la barca. Y llegó a casa presa de júbilo, mojado de pies a cabeza, rozando con su pantalón de uniforme las matas de artemisa y toronjil silvestre que cercaban el camino de barro hacia la construcción donde le esperaba su otra amada.

¿Dónde estabas?  A poco llegas de noche…  Soñaba mujer, soñaba… y en el sueño me bañaba de ti.  Ay, Ramón. Tú y tu poesía. Razón tenía la vieja Rafaela cuando me decía que tuviera cuidado de casarme contigo y  no con tus palabras. El hombre la tomó por la cintura y le dijo al oído: ¿y acaso no han sido mejores los cariños que mis palabras?

Ella se sonroja.  Por todo se sonroja. Una y otra vez se pregunta por qué lo ama tanto, lo necesita tanto, lo piensa tanto. Por qué toda su vida se convirtió después de la boda en esto: en este esperar sin tiempo, donde el vientre nunca crece y la tarde confunde los sonidos de hojalata para ahuyentar murciélagos  con los ladridos distantes de los parientes más cercanos.  Lo ama sin condiciones. Siempre  lo  amó, desde  que  lo veía sentado en la fila delantera de la iglesia cuando eran niños, rodeado de una luz tenue, con la mirada quieta sobre el crucifijo. Siempre lo amó. Y ahora lo sigue esperando, sin comprender lo estéril de su maternidad. Pero segura de ser querida.  Segura de su retorno antes del sol poniente.

Ramón…   ¡Ramón!  Recuerda llenar el informe de muelle antes del cambio de turno…  El supervisor venía con su casco blanquísimo, extrañado de ver al trabajador sentado inmóvil con la mirada sobre el río.  Tranquilo jefe. No hacía la siesta, era que recordaba cosas.

Bueno, soñador.  Pero más vale que te espabiles. Sabes que hoy viene el gerente con gente de Caracas. Por cierto, hablando de sueños… ¿todavía esperas ver a la rosada delfina?   Mira que por allí dicen que andas encantado… cuidado con una cosa pues…  Me debes una salida a pescar, de paso.

La mujer había ensartado una serie de caribes pequeños con un alambre y coloca su pesca de laguna  sobre una rejilla de lumbre paciente. La piel de rojo y naranja incandescente comienza a tostarse, lentamente. Mientras  tanto,  acerca al fuego la olla de arroz ya cocido y dispone la jarra negra de tizne, directo sobre las llamas, con la santa misión de hervir el café.  Ninguno de los dos toma, ni cerveza, ni ron. Los evangélicos les advirtieron sobre el bebedizo del diablo.

Ramón se acuerda del botín en el tobo. Se ríe de nuevo al recordar que  quedó flotando por una extraña razón cuando volcó la curiara. Toma el ron y lo guarda para el compadre.  Descuelga el pocillo de peltre con flores que pende de un clavo en la cocina. Le sirve jugo a su mujer. Ella lo recibe con alegría. Mira el paquete de tabacos cubanos y se ríe de nuevo.

Aunque no fuma, prende uno y lo sostiene entre sus dedos, rememorando al abuelo.  La felicidad más grande, sin embargo, tiene nombre de tobo verde y un asa intacta, sin oxidar.

La noche se instala de nuevo.

Cerca de la costa se escuchan los graznidos tiernos de la familia que se recoge. El río oscuro no ofrece obstáculos a su sentido de orientación, por lo que merodean los alrededores en busca de un pececillo  nocturno.  El pequeño se mantiene cerca de la madre, lactando de vez en vez, buscando entrar en el descanso. Con una nueva preñez a cuestas,  el nado de la madre  se ha vuelto  más lento y cuidadoso.

El macho dirige a la familia hacia el costado occidental de la isla.  Algunos de los sonidos de las maquinarias  pesadas se percolan por entre las olas encrespadas. Un bagre trompeta llena de sordos cantos premonitorios el ámbito inescrutable  de las arenas sumergidas.  Por lo demás, prevalece el continuo gorgotear en las aguas fluyentes de un río sin descanso…

El duerme.  Su delicia es sentir el aliento sano de la mujer respirándole al costado, en la  otra   hamaca  que  cuelga   muy   cerca  de   si. Despierta  sudando,  con  la sensación inequívoca de ser llamado con insistencia, no por su nombre, sino por su condición, cuasi mítica, que lo vincula al reino de los más antiguos pobladores warao, indígenas inescrutables que honran la estirpe de los frutículas morocotos y que echan cuentos lejanos del Amazonas, como las del bufeo enamorado de las mujeres de orilla.

Ramón se acerca al motivo de su desvelo. Cree escuchar graznidos de socorro entre las olas que baten sobre las  arenas arcillosas. Una brisa suave se lleva el ladrido del perro amarillo, que el hombre intenta acallar con caricias. Con el lomo erizado, el animal observa a su amo hundirse hipnóticamente en el agua fangosa y oscura.  La cabeza se mantiene por segundos sobre la superficie de las olas venteadas.  Luego desaparece por completo. Una  sonora exhalación se mezcla con los gimoteos del can. Y se hace de nuevo el silencio.

Llevado a cuestas por la vorágine de una hembra vuelta locura, Ramón intenta asirse a su aleta dorsal.  De vez en cuando suben a la superficie y el hombre intenta llenar sus pulmones a todo dar, desafiando las leyes que la lógica y el sentido común le dictan desesperados. No hay salidas lógicas. Lo que está pasando no tiene lógica y Ramón se siente catapultado violentamente fuera de las románticas ensoñaciones de sus días pasados,  tratando de sobrevivir con cada bocanada que el enorme mamífero le permite entre zambullida y zambullida.

De pronto se detienen. Estando aún bajo la inescrutable negritud del agua, el hombre escucha de nuevo los ruidos crujientes y los silbidos de un  grupo nutrido de toninas. Un fuerte golpe en el estómago le saca el poco aire que le queda y lo deja desconcertado, sin saber hacia dónde orientarse para salir de las aguas turbias y subir, ya sin fuerzas, hacia el refugio incierto del aire  nocturno.  Entregado  a  su suerte, queda inmóvil, cuando de nuevo se  le ofrece el cartilaginoso apoyo de una aleta que lo impulsa hacia arriba.

Apenas hubo tomado un respiro, cuando de nuevo es sumergido y portado hacia lo que parece ser una pared flexible, enroscada sobre si misma: Ramón queda frente a su propia red. Tanteando en la oscuridad busca el quejoso murmullo de un ser en agonía. Una cría de una decena de kilos yace casi inmóvil, estrangulada en uno de los huecos de la red.  El hombre siente la presencia nerviosa de los adultos que lo circundan con movimientos bruscos e insistentes silbidos.

Intenta liberar al pequeño, pero la red es de buen material y está bien tejida. Desesperado vuelve a la superficie y recuerda que lleva puesta su correa. Se la quita y vuelve a la escena terrorífica del crío atrapado,  intentando mellar las cuerdas  con la parte más afilada de la hebilla. Tras varias pausas de respiro, la red tensa se rasga con un chasquido y el cuerpo inerme del crío se desprende suavemente de su prisión.

Retorna la oscuridad como única respuesta a un  dictamen inefable. Ramón queda a la deriva, flotando sobre la superficie, interceptado sorpresivamente por una isla de boras e insectos, llorando de susto. Llorando de ausencias.

La mujer baja a la orilla. Sabe que algo no va bien. Su esposo no está orinando lejos ni dándole cacería sorpresiva a las lapas que se aventuran cerca del estacional campamento. El perro amarillo permanece sentado en la costa, observando la superficie del río sin tregua, con las orejas en alto, como si pudiera escuchar el lenguaje de las piedras.

Ella piensa.  En su afán por salvar del pánico de su mente al hombre de su vida, imagina pescas de medianoche con compañeros de faena, cacerías de caimanes extintos, excursiones de oración trasnochadas por las abruptas orillas.

Pero allí sigue la curiara, con el remo resguardado.  No se llevó el ron para sorprender a su compadre. La bolsa de plástico permanece bajo el delgado tramo de madera gastada.

A consecuencia,  tampoco pudo ocurrírsele tentar al diablo,  para recordar años de juventud.

El corazón de Ana cae en la desesperación. Llora junto al perro, como si con eso minimizara los presagios. Como una última estratagema de lo impensable, se consuela con la idea de los burdeles de campo rojo, creando un absurdo pero misericordioso refugio para el amado.

El llanto se hace frío en la noche de la mujer sin hijos, sin hombre para llenar su abrazo.

El sonido vago del mechurrio de Ferrominera del Orinoco, tornase  brújula que guía al náufrago perdido. Ahora sabía que estaba corriente arriba y que el río gigantesco terminaría por escupirlo cerca de su casa -siempre y cuando llegara a la orilla-. Las corrientes imparables del centro del cauce lo arrastraban a velocidad vertiginosa, a juzgar por las copas oscuras de los árboles que le parecía ver desfilar en la lejanía.

Recordó los consejos de un buen marinero colombiano, que gustaba como él de las aventuras en el ancho río: cuando estés a la deriva, no nades en línea recta, busca la orilla de ladito, como queriendo llegar  más lejos…

Así lo hizo, nadó y nadó sin pelear con la corriente. Creyó ver la luz tenue de su rancho, creyó ver la silueta del perro y de su mujer. Los vio pasar como una película de fiel retorno, como un libro cariñoso que nunca se deja de leer. Y siguió de largo para terminar mucho más abajo, en la entrada del canal que conduce al otro lado de la isla.

Caminó con sigilo por entre los juncos taciturnos hundidos en el agua. Sabía que aquí   podían sorprenderlo los dardos mortales de las rayas. Silbando y agitando el agua,  procuraba espantarlas. Subió a tierra firme arrastrando los pies, hablando incoherencias, respirando con agite.  Así continuó sin tregua ni sobresalto. La vida lo había depositado de vuelta en el terreno de sus antepasados. Una corriente de agradecimiento invadió su cuerpo y lo llenó de una energía inusitada. A lo lejos comenzó a escuchar los ladridos de amarillo. Y entre las sombras de la noche estrellada se perfiló,  lentamente,  la escuálida figura de su bienamada mujer.

Bueno, mi querido Mora: lo que pasa es que Anita tiene tapada una trompa. Tú tranquila, mujer.  Pídele un milagro a la virgen, que yo te ayudo con la operación.  Si Dios quiere, el año que viene los veo con chamo en brazos.

La pareja sale con sonrisa limpia hacia el estacionamiento soleado del hospital.  Ambos corren de la mano y se montan en la camioneta que los lleva de vuelta al muelle.  Descienden lentamente por el empedrado que lleva hacia la embarcación oculta.  El agua tibia los recibe calmada. Reman en silencio.  Entre remolques anclados, águilas majestuosas y azules martines pescadores.

Ana lanza al agua el escapulario gastado que lleva al cuello. Luego desfallece con su mano izquierda en la corriente que genera el remar brioso de su marido.

Cuando a dos metros de distancia la delfina rosa resopla junto al crío, ambos comprenden,  súbitamente,  que el médico tiene razón.